Apreciar los colores en un cartel de Elliot Túpac es como oír a Los Shapis, leer su tipografía ‘achorada’, es como escuchar a Chacalón. La obra de Elliot Urcuhuaranga Cárdenas es como un viaje musical por la chicha, que va desde la calle hasta una galería de arte.

“Cada movimiento que he hecho es para que (el arte chicha) no sea una moda. El color ha trascendido y se puede insertar a distintos ámbitos. *Es arte urbano, tiene una connotación social, artística, cultural*… que viaja desde una calle hasta la galería”, apunta Elliot Túpac.

La gráfica chicha de Urcuhuaranga se resiste a lo anecdótico y exótico, a esa curiosidad superficial por lo diferente. Busca la trascendencia y afianzar una mirada propia de la realidad. “Yo me he negado a pintar en un bar (de Miraflores) donde querían usar mi trabajo como algo exótico. También me he cruzado con gente que me dice: ‘¿por qué tan caro, si es un trabajo popular: si solo es papel y tinta?’”, revela el artista y añade que quiere desterrar “la idea de que la gráfica ‘chicha’ es algo simple. Es gráfica popular, no es improvisación”.

El pasado de Elliot es su presente y futuro. Su trabajo nace y se alimenta del legado de sus padres artesanos. “Uso los colores como los bordados huancas para las polleras. Hay la necesidad de no cerrarse a la posibilidad de que puedo existir vinculado a mi pasado, lo regional”, explica.

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